ARGENTINA:TRABAJO-Obreros recuperan fábricas quebradas



Marcela Valente

Buenos Aires, 19 mar (IPS) - Miles de obreros de Argentina decidieron en los
últimos dos años hacerse cargo de las fábricas en que trabajaban, quebradas
por sus dueños a causa de la crisis económica, en una experiencia que
resultó dura pero que, a la larga, parece sustentable.

"Lo que queremos es seguir trabajando", dijo a IPS Susana Luna, que en 1992
obtuvo empleo en la empresa textil Brukman de Buenos Aires. Los dueños, sin
poder pagar los salarios completos desde 1995, desaparecieron a fines del
año pasado. Los operarios pusieron entonces la fábrica en funcionamiento.

Son más de 60 empleados, 90 por ciento de ellos mujeres, dedicados a la
fabricación y venta de ropa de masculina. Desde que decidieron volver a
producir hace un mes y medio, lograron comprar insumos, pagar cuentas
atrasadas de luz, gas, agua y teléfono, y se reparten el saldo entre ellos.

El fenómeno se repite, no sin dificultades, en distintas provincias del país
y en variados rubros. El modelo parece calcado. La crisis de las empresas se
arrastra durante varios años hasta que los empresarios anuncian la quiebra
o, directamente, desaparecen.

Algunos trabajadores se resignan a perder el empleo, pero la mayoría se
resisten contra ese destino y, al tiempo, reabren la fábrica.

Existen actualmente tres organizaciones que asesoran a los trabajadores que
optan por esa vía: el Movimiento de Empresas Recuperadas, que surgió en la
central provincia de Santa Fe, el Instituto Nacional de Asociativismo y
Empresas Sociales y el Club del Trueque, a través de su departamento para
empresas.

Unas 60 fábricas que hace 10 años tenían un dueño y sufrieron crisis se han
convertido en cooperativas saneadas, sin deudas con proveedores ni con
trabajadores. Las nuevas empresas ofrecen, además, servicio de guardería
para hijos de empleados, biblioteca y provisión de ayuda para comedores
infantiles.

Entre esas firmas figuran compañías metalúrgicas, de transporte, de
cerámica, lácteas, un ingenio azucarero, fábricas de piezas de automotores,
de tractores y de cosméticos, textiles, un molino de arroz, panificadoras y
fundidoras de metal.

Entre todas salvaron ya unos 10.000 puestos de trabajo en un país con 37,4
millones de habitantes y 23 por ciento de desempleo.

Una de las más grandes y prósperas es el frigorífico Yaguané, en la central
provincia de Buenos Aires. Con 500 empleados en 1996, la empresa fue
abandonada por sus dueños cuando el cierre era inminente. Los trabajadores
se quedaron a vivir allí, consiguieron clientes, pagaron las deudas y en
1998 la pusieron de nuevo en marcha.

Con el tiempo se convirtieron en el frigorífico que más faena en este país
agropecuario. Los operarios cobran hoy más de 220 dólares mensuales, el
equivalente a más de tres veces un subsidio para jefes de hogar sin empleo,
y se llevan a casa seis kilogramos de carne por semana.

Además, suministran carne a 30 comedores adonde se asiste a 2.000 personas.

En algunos casos, los dueños reaparecen y felicitan a los trabajadores. En
otros, se asocian con la cooperativa. Pero a veces las relaciones se tornan
conflictivas, con intervenciones judiciales y policiales que dificultan
recuperar la normalidad del funcionamiento y la confianza de los clientes.

En caso de retirada pacífica de los ex empleadores, los trabajadores suelen
pactar con ellos el alquiler de los locales y la compra de la maquinaria.

Los trabajadores de la fábrica de piezas de automóviles Polimex, por
ejemplo, lograron que las acciones pasaran a su nombre a cambio del saldo de
deudas salariales e indemnizaciones.

Los empleados de Polimex debieron, además, extraer de sus salarios un aporte
para adquirir nuevas máquinas, pero recuperaron el dinero con creces al
obtener nuevos contratos.

Con el último agravamiento de la crisis, volvieron a caer los ingresos, pero
al menos los obreros reciben un salario --bajo, pero mejor que nada-- y
poseen la fábrica, que es de todos.

En Argentina, la recesión se arrastra desde el último trimestre de 1998 pero
se aceleró con fuerza en los últimos meses. Casi 40 por ciento de la
población económicamente activa sufre desempleo o subempleo, según diversos
cálculos.

El planchador de la textil Brukman Oscar Giménez contó a IPS que la fábrica
no marchaba bien desde hacía muchos años. "Hace ocho que trabajo acá y nunca
me habían pagado el salario completo, siempre por semana, y además nos
debían aguinaldos (sueldo anual complementario), vacaciones y salario
familiar", relató.

Los dueños aseguraban que los salarios adeudados se depositaban en una
cuenta que pondrían al día alguna vez, pero en el segundo semestre de 2001
las cosas empeoraron y la paga semanal --que ya había pasado de 100 a 50
pesos, entonces equivalente a dólares-- era de sólo cinco.

El viernes 14 de diciembre, pagaron solo dos pesos y suspendieron a todos
para el día siguiente.

Los empleados decidieron ocupar la fábrica, pues supusieron que al día
siguiente los tres dueños se dispondrían a retirar la maquinaria. Pero
ninguno de los propietarios fue al local. Un día después, estalló la crisis
social y política que puso fin al gobierno de Fernando de la Rúa, y los
trabajadores decidieron entonces permanecer en el edificio.

"Pasamos acá las fiestas (navideñas), con nuestras familias, y durante todo
enero, sin conseguir que vengan los dueños", explicó Giménez. El Ministerio
de Trabajo citó a los empresarios varias veces, pero sin éxito. Ni siquiera
recibieron una llamada telefónica. Sesenta de los 115 obreros decidieron
poner en marcha la fábrica de nuevo.

"Ese día dijimos basta. Nos pusimos a cortar tela, a confeccionar y a vender
los trajes y sacos ya hechos aunque fuera al menudeo. Con eso pagamos una
deuda de electricidad que dejaron los dueños, y pusimos también al día los
otros servicios. Ahora nos llevamos 40 pesos por semana en lugar de cinco",
dijo.

Con el dinero que consiguieron, volvieron a comprar telas, perchas,
hombreras y otros insumos. Pagan los gastos y los servicios y sólo entonces
reparten el excedente. Luna, una costurera, está conforme con la nueva
situación y no tiene miedo, a pesar de que la policía intentó desalojarlos
el 16 de este mes.

Esa mañana, temprano, cuando solo había en la fábrica tres operarias y la
hija de una de ellas, de seis años, unos 70 policías armados con bastones,
funcionarios judiciales y asistentes sociales se presentaron con una
denuncia penal por usurpación y robo y pretendieron expulsarlas.

Como las mujeres se resistieron, las golpearon, incluso a la niña. Dos
debieron ser hospitalizadas. "Hicieron tal escándalo que los vecinos
comenzaron a acercarse y a protestar, y fuimos llegando otros trabajadores
hasta que la policía se fue y entonces entramos de nuevo", comentó Giménez
dos días después.

Ahora sí les preocupa estar "usurpando" la empresa, pero ya no tienen
alternativa. "Mi esposa está desempleada, despedida de esta misma fábrica, y
tengo tres hijos de dos a ocho años. La última vez que estuvieron los
dueños, con los dos pesos que me dieron llegué a mi casa sin una moneda. No
puedo abandonar esto", dijo.

Los abogados del Centro de Profesionales por los Derechos Humanos, que
patrocinan a los trabajadores, intentan dilucidar las causas del
procedimiento penal que sorprendió a todos, dado que la ocupación era
pacífica, los dueños nunca reclamaron nada y tampoco se presentaron ante el
Ministerio de Trabajo.

Las obreras recordaron que, una semana antes, un policía se presentó en la
fábrica a reclamar ropa en nombre, supuestamente, los dueños, y que ellas se
negaron a entregarla. Ahora creen que fue una trampa para luego denunciarlos
por robo, pero ellas aseguran que no hubo vaciamiento en estos meses,
durante los cuales durmieron allí mismo, en sillas o en el suelo.

"Tengo 29 años y empecé acá hace 10, fue mi primer trabajo", dijo Luna. En
los primeros cuatro años cobró su sueldo completo de costurera, pero desde
1995 "se vino todo abajo", afirmó ahora. Tan largo fue el tiempo sin recibir
el salario total que ya no sabe decir cuál es su sueldo por mes.

"Lo que queremos es trabajar, y si la policía viene a pegarnos no se puede.
Tenemos que estar con gente en la puerta cuidando la entrada, con nuestros
maridos afuera y los chicos durmiendo acá, y así no se puede trabajar",
declaró Luna a IPS.

La ocupación de la fábrica Brukman, si bien no es la primera, alcanzó una
fuerte repercusión porque está ubicada en una zona comercial de la capital
de Argentina, y porque el conflicto se suscitó en coincidencia con la crisis
política y social más aguda de la historia de este país.

Desde esa crisis, miles de vecinos se reúnen en asambleas barriales
semanales. La del barrio de Once, donde está la fábrica, prestó un fuerte
apoyo a los obreros, a quienes suministró alimentos y seguridad.

Al día siguiente del intento de desocupación violenta, 2.000 vecinos se
concentraron frente al edificio para expresar su solidaridad.

"Estoy muy sorprendida, porque pensé que muchas compañeras no volverían
después de lo que pasó, con la policía pegándonos con palos. Pero, en
cambio, ahora todas tenemos más fuerza, porque los vecinos nos apoyan. Vamos
a seguir trabajando en la fábrica, con o sin los dueños", concluyó Luna.
(FIN) (FIN)

Nello

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possible

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